Queridas Familias y Chicos: ¿Cómo están?, en el día de hoy queríamos compartir junto a ustedes un breve texto acerca de la importancia de los cuentos infantiles y su lectura tanto individual como en familia. Nos pareció importante ya que al dejar aquí un cuento de vez en cuando, hoy justificamos el "por qué lo hacemos". Espero que les resulte interesante y a los chicos que les sirva de justificación a la hora de la lectura. Cariños. Las seños Melissa y Daniela.
Los cuentos han sido utilizados desde tiempos atrás ,como una herramienta didáctica que permite ir desarrollando en los niños competencias comunicativas ,argumentativas ,interpretativas ,que serán luego la pauta para el desarrollo de habilidades fundamentales en su constante interacción con un mundo en el que es necesario tener la capacidad de leer ,escribir, hablar y escuchar .
Es a si como puede decirse que todos los seres humanos han tenido la oportunidad de interactuar con un mundo de cuentos ,los que de una u otra forma han sido un material indispensable en un ámbito educativo ,utilizados para llamar la atención del niño ,recrear el pensamiento ,ofrecer temas desconocidos ,reforzar los que ya se han trabajado, obtener nuevo vocabulario ,revisar ortografía, contextualizar la temática del cuento, avanzar en argumentación, en interpretación,comparación,interpretación e incluso en renarracion ,entre otras intenciones que dependerán del proceso que el docente lleve en el grupo.
Los cuentos son un medio que pueden permitir la transversibilidad en la enseñanza de las diferentes áreas ,tales como : el lenguaje, las matemáticas ,las ciencias naturales , las ciencias sociales, entre otros. Finalmente es importante compartir a todos aquellos que llegan a utilizar la lectura para interactuar con los niños deben ser estratégicos y transformar el pensamiento del niño utilizando acentuaciones diferentes al momento d e la lectura para que se diferencien situaciones o personajes en el cuento, lo que dejara en el niño una huella para siempre.
Para que sigan disfrutando, les dejamos este pequeño y maravilloso cuento:
Las tres palomitas.

–Abuelo, ¿cantamos?
El abuelo se animó y fue por su bajo quinto, lo afinó y empezó a cantar un corrido. Sabía muchos: de amores, de batallas, de bandidos generosos, y algunos que contaban la vida de gentes muy queridas o muy temidas en el pueblo.
Cantando todos, les llegó la noche, y cuando la luna hizo bailar las sombras de los árboles como si fueran chinelos sin colores, el niño más pequeño recargó la cabeza en las rodillas del abuelo y se quedó dormido. Él dejó a un lado su hermosa guitarra y cargó al niño:
–Vamos a dormir –dijo–. Mañana tenemos mucho quehacer...
Al día siguiente, desde antes de que saliera el sol, las señoras ya llenaban sus canastos de tortillas olorosas y guisaban el arroz y el mole en grandes cazuelas de barro. Para esa fiesta ahorraban durante muchos meses, y ese día el pueblo olía a ajonjolí, a canela, a chocolate y a ramas de pino.
En el jardín del pueblo empezaron a juntarse las bandas de música, las cuadrillas de danzantes, las niñas de las pastorelas; y cuando llegaron los coheteros, empezó el convite. Marchaban bailando por las calles, seguidos por los curiosos. Así, la columna fue creciendo, haciéndose más ancha y más larga, como un gran río. Los perros ladraban de puro gusto desde las puertas de las casas.
A las once de la noche se prendió el castillo y todos vieron encandilados cómo los rehiletes lanzaban chorros de luces y se convertían después en peces de colores que más arriba volvían a ser rehiletes. Una cascada de luz cayó desde lo alto y la torre del castillo se desprendió girando a enorme velocidad: subió tan alto, tan alto, que sus luces desparramadas se confundieron con las peregrinas estrellas de diciembre.
El abuelo se animó y fue por su bajo quinto, lo afinó y empezó a cantar un corrido. Sabía muchos: de amores, de batallas, de bandidos generosos, y algunos que contaban la vida de gentes muy queridas o muy temidas en el pueblo.
Cantando todos, les llegó la noche, y cuando la luna hizo bailar las sombras de los árboles como si fueran chinelos sin colores, el niño más pequeño recargó la cabeza en las rodillas del abuelo y se quedó dormido. Él dejó a un lado su hermosa guitarra y cargó al niño:
–Vamos a dormir –dijo–. Mañana tenemos mucho quehacer...
Al día siguiente, desde antes de que saliera el sol, las señoras ya llenaban sus canastos de tortillas olorosas y guisaban el arroz y el mole en grandes cazuelas de barro. Para esa fiesta ahorraban durante muchos meses, y ese día el pueblo olía a ajonjolí, a canela, a chocolate y a ramas de pino.
En el jardín del pueblo empezaron a juntarse las bandas de música, las cuadrillas de danzantes, las niñas de las pastorelas; y cuando llegaron los coheteros, empezó el convite. Marchaban bailando por las calles, seguidos por los curiosos. Así, la columna fue creciendo, haciéndose más ancha y más larga, como un gran río. Los perros ladraban de puro gusto desde las puertas de las casas.
A las once de la noche se prendió el castillo y todos vieron encandilados cómo los rehiletes lanzaban chorros de luces y se convertían después en peces de colores que más arriba volvían a ser rehiletes. Una cascada de luz cayó desde lo alto y la torre del castillo se desprendió girando a enorme velocidad: subió tan alto, tan alto, que sus luces desparramadas se confundieron con las peregrinas estrellas de diciembre.
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Susana Mendoza, “Las tres palomitas” en La Vendedora de Nubes y otros Cuentos,
Andrea Gómez, ilus. México,
SEP-CONAFE, 2000.
SEP-CONAFE, 2000.
Muy buen encuadre y propuesta!!!
ResponderEliminarLas Felicito!!!
El Profe