Había
una vez un pueblo. Un pueblo lleno de callecitas, plazas, puestos para vender
comidas, animales sueltos y sobre todo, gente. La gente del pueblo era alegre y
fiestera. Mendigos, señoras, gordos, flacos, abuelos y bebés iban de aquí para
allá por las calles inquietas y las llenaban de colores. En el medio del
poblado había un castillo. Un edificio enorme
y lujoso
donde vivían el emperador y sus sirvientes.
El emperador era un señor medio gordo con cara de
batata que, ayudado por el ejército y algunos ministros, trataba de gobernar el
imperio. Daba órdenes.
Mandaba a que se hiciera todo lo que a él se le
ocurría que había que hacer y castigaba a los que no les hacían caso.
Claro que este emperador no era del todo igual a
los otros. Porque a decir verdad, más que ocuparse de sus ejércitos, de salir a
pasear por los bosques o de mandonear a los sirvientes, lo que más le gustaba
en la vida era la ropa. Ponerse trajes nuevos y lujosos. Tan coqueto era este
soberano que, cuando algún ministro lo necesitaba para trabajar, ya se sabía:
el hombre estaba metido en el ropero y era allí donde había que buscarlo.
Un día llegaron a ese pueblo dos extranjeros muy
pícaros que decían ser tejedores. Pero no tejedores cualunques, sino de lujo.
Capaces de hilar las telas más maravillosas que jamás se hubieran visto. Con
colores y dibujos de una belleza sin par.
-Con
nuestras telas – aseguraban –nosotros
podemos confeccionar trajes espléndidos.
Trajes que, además de ser preciosos, tienen otra gran propiedad: se vuelven
invisibles para los tontos re tontos y para aquellos que no saben gobernar.
-Deben ser
trajes preciosos –pensó
el emperador -. Si los usara –siguió
pensando –podría descubrir quiénes son los tontos re
tontos
que me rodean en el palacio y no sirven para gobernar. Sí, sí, sí –se convenció –; voy a encargar a los extranjeros
que me hagan uno de esos trajes mágicos.
Y
enseguida se reunió con ellos y les dio mucho dinero para que empezaran a
trabajar.
Los falsos tejedores se acomodaron en una de las
torres del palacio y fingieron trabajar en sus telares. Los telares, claro,
estaban absolutamente vacíos. Exigieron, sin embargo, que les trajeran las
mejores sedas y el hilo de oro más espléndido.
Cuando esto les fue entregado, guardaron el hilo y
la seda en sus bolsos y siguieron haciendo que trabajaban con los telares
vacíos hasta muy tarde en la noche.
- ¡Ay ay ay!
–Soñaba el emperador- ¡Cómo estarán quedando las telas
para mi traje!
Claro
que no se animaba a averiguarlo por sí mismo. A ver si no veía nada y… él no se
creía un tonto re tonto pero… mejor mandar a otro a investigar.
En el
pueblo no se hablaba de otra cosa. Todos sabían lo mágicas que eran las telas
que se hilaban en el palacio y no veían el momento de apreciarlas. De
averiguar, de paso, quiénes eran los vecinos re tontos. Los que no podían
verlas.
-¡Ya
sé! –Pensó el emperador, -voy a
enviar a mi más viejo y honesto ministro a visitar a los tejedores. Él es el
más indicado para ver si el trabajo progresa. Porque es muy inteligente y nadie desempeña su puesto mejor que él.
De
modo que el viejo y buenazo ministro fue al taller donde los pícaros trabajaban
con los telares vacíos y se quedó hecha una piedra.
-¡Madre
mía! –Susurró, los ojos se
le abrieron como dos huevos duros- ¡Yo no veo nada!
Los
que se hacían llamar tejedores le rogaron al ministro que se acercara a ellos y
le preguntaron: -¿Qué le parece nuestra tela, Su Excelencia?
Al
decírselo, señalaban el telar vacío y el pobre ministro no hacía más que abrir los
ojos sin poder ver nada porque, claro, no había nada.
-¡Oh!
Ajam, ajem, ajum… es preciosa, una preciosidad –dijo el viejo mirando la nada a través de sus
anteojos- Muy linda, muy delicada, muy que se yo. Se lo voy a contar al
emperador.
-¡Cuánto
nos alegra! –Se
burlaron los tejedores.
Y de
inmediato inventaron detalles del dibujo y de sus colores para que el ministro
lo repitiera a Su Majestad.
No
pasó mucho tiempo y los estafadores volvieron a la carga: pidieron más dinero,
más seda y más oro para utilizarlos en el tejido. Cuando esto les fue concedido
guardaron todo en sus bolsos y siguieron “trabajando” en el telar vacío.
Impaciente
como era, el emperador decidió enviar a otro de sus buenos funcionarios a
investigar cómo andaba su tela. A preguntar cuánto tiempo faltaba para que el
traje estuviera listo.
A este
funcionario le pasó lo mismo que al ministro. Por más que miró, remiró y
requetemiró, en los telares no encontró nada. -¡Recorcholis! –Murmuró
el funcionario- Jamás pensé que era tonto. O que no supiera gobernar.
Porque
hilo, lo que se dice hilo, yo no veo ninguno. Tela, lo que se dice tela,
tampoco. Y traje, lo que se dice traje, menos que menos. Mejor no decir la
verdad –pensó.
-Precioso tejido ¿no? –le preguntaron
los estafadores.
Y le mostraron y explicaron con todo detalle el
dibujo de una tela que jamás había existido.
-¡Oh sí! La tela es maravillosa
–contó después el funcionario al emperador-. ¡Soberbia!
Y así pasaron los días.
En la ciudad no se hablaba de otra cosa. Que la
tela de aquí, que la tela de allá. Que los colores de aquí, que los colores de
allá… Hasta que el mismísimo emperador quiso ver la obra con sus propios ojos.
Rodeado de un montón de cortesanos distinguidos,
entre los que figuraban los dos viejos y buenazos funcionarios que habían ido
antes, el emperador fue a la torre donde estaban los tejedores y se detuvo ante
ellos.
-¡Majestad! –Se apuraron los funcionarios-. ¿No crees que la tela es hermosa? ¿No crees
que los dibujos son perfectos y los colores espléndidos? –insistieron
mientras señalaban el telar vacío.
-¿De qué hablan?
–Pensó el emperador-. ¡Yo no veo nada!
¡Qué horror! ¿Seré tonto o no mereceré gobernar este imperio? ¡Es lo peor que
podía pasarme!
Claro que, para que no lo descubrieran… -¡Bellísima!
–Dijo en voz alta el emperador-. Es para el gusto de un rey –mintió.
Y miró el telar vacío sin decir palabra de que no veía ni jota.
Todo el séquito real miraba, remiraba y
réquetemiraba los telares y veía lo mismo que los otros: el vacío, el aire, la
nada. Pero por miedo a que los tomaran por tontos, lo único que hacían era
repetir lo que decía el soberano.
-¡Bellísima! –Gritaban a coro- ¡Magnífica!
Y algunos
le aconsejaron al emperador que con esa tela se hiciera confeccionar un traje
nuevo para lucir en la Gran Fiesta Imperial. Una fiesta que, en poco tiempo, se
celebraría en las calles del pueblo.
-La tela es mágica, magnífica, maravillosa
–se decían unos a otros y hacían correr la noticia de boca en boca. Más aún: el
entusiasmo en el palacio era tan grande que habían decidido premiar a los
falsos tejedores con el título de Caballeros Tejedores de la Orden del Hilo.
La noche anterior a los festejos, los pícaros
hilanderos se la pasaron despiertos con montones de velas encendidas.
La gente creía ver detrás de la luz cómo los
hombres se esmeraban en terminar el nuevo traje del emperador. A través de las
ventanas iluminadas de la torre, los tejedores parecían sombras que cortaban
una tela invisible y cosían sin hilo ni aguja.
Hasta que dieron por terminada la farsa y
anunciaron a los gritos:
-¡El traje está listo! ¡Mirad!
El propio emperador, con sus mejores caballeros,
marchó directo al taller y los embaucadores levantaron los brazos como si
estuvieran sosteniendo algo. Entonces dijeron: -¡He aquí los pantalones, Majestad!
¡El vestido! ¡La capa! ¡El calzón! Es todo tan suave que parece la tela de una
araña. Tan liviano que ni se siente en el cuerpo.
-¡Fantástico! –aprobaron todos los caballeros sin ver nada
porque nada había.
Y
al instante…
-¿Tendrá
su Majestad la bondad de desnudarse para que le probemos los nuevos vestidos
ante el espejo?
–preguntaron
divertidos los tejedores.
El
emperador se sacó todas sus ropas y los pícaros simularon entregarle lo que
decían haber cosido.
-¡Qué
traje más espléndido! –Le decían al emperador, que no
dejaba de mirarse y de bailotear frente al espejo- ¡Qué bien que le queda! –exclamaba
todos.
Y
no pasó mucho más tiempo hasta que se acercó un sirviente y le dijo a su
soberano: -¡Majestad! Afuera los festejos ya comienzan y te esperan.
-¡Muy
bien!
–Dijo
orgulloso el emperador. Y salió a las calles a lucir su traje mientras los
chambelanes llevaban su cola.
Así
mentía la gente en la calle o desde las ventanas, porque ninguno quería que lo
tomasen por tonto.
-¡Pero
si está desnudo!
–dijo
un nene de pronto y se puso a reír como loco.
-¡Por
todos los cielos! –Gritó su padre- ¡Mi hijo tiene razón!
Y,
unas a otras, las personas se animaron a reconocer lo que había dicho el nene:
que el rey no llevaba nada puesto. Que en verdad iba desnudo.
-¡No
lleva traje! –gritó al fin toda la gente. Y el
emperador se sintió inquieto y se puso colorado de furia.
En
medio del alboroto, claro, los falsos tejedores huyeron con sus bolsas cargadas
de oro sin que nadie los viera. Mucho menos el emperador que, para disimular la
vergüenza, siguió caminando como nada mientras los chambelanes andaban tras él.
Llevaban la cola de un traje que nunca en la vida existió.
FIN.-
Actividades:
1) Contestá las siguientes preguntas en tu carpeta escribiendo antes el título del cuento.
a) ¿Quiénes vivían en el pueblo?
b) ¿Qué había en medio del poblado?
c) ¿Quiénes vivían allí?
d)¿Qué hacia el emperador?
e)¿Qué era lo que más le gustaba?
f)¿Quiénes llegaron un día al pueblo?
g)¿Cómo era el “nuevo traje del
emperador?
h) ¿Qué se empezó a murmurar por el pueblo?
i) ¿A quiénes mando a investigar por su
nuevo traje?, ¿Qué le dijeron al emperador?
j) ¿Qué sucedió en “la Gran Fiesta Imperial”?
k)¿Qué sucedió cuando el rey caminaba por
la “Gran Fiesta”?
2) Cambia el final del cuento.



buenas tardes señoritas! las querìamos felicitar por las actividades planteadas en base al cuento del "Nuevo traje del emperador". nos parece muy importante que los niños en este perìodo puedan interpretar las etapas de una historia, poder reconocerlas, caracterizar a los personajes para poder imaginar la narraciòn y poder abrir un nuevo mundo de fasntasìa en su mente... la lectura acerca todas esas posibilidades y es preciso que los alumnos vayan enriqueciendose con variadas situaciones para mejorar su lectoescritura y la comunicaciòn con quienes los rodean.
ResponderEliminarLes mandamos un cariño grande...
señoritas Romina y Marisol, del blog "sextoconocelmundo.wordpress.com
Muchas gracias por sus palabras, realmente nos pareció un buen cuento para trabajar en el aula y asi lograr el acercamiento de los alumnos a la lectura y el disfrute de la misma. Seguiremos subiendo más material para que se priorice el trabajo sobre los cuentos y sus características. Cariños. Las seños
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